

Hay que al menos vivir en Cartagena para saber que enero no dice adiós al calendario, sino a… el olor a fritura al amanecer y el rastro de cera derretida en las laderas del Cerro de la Popa.
Este viernes a las seis de la tarde, cuando el sol se pone en el Caribe con la lentitud de un náufrago resignado, La ciudad no encenderá sus lámparas y velas, sino su espíritu indomable.
Hoy la ciudad celebra la Noche de las Velas, es decir un ritual atávico en el que la fe religiosa y el delirio pagano se abrazan bajo el palio de la Virgen de Candelaria.
Es un desfile que parece escrito con tinta adivinatoria. Trece grupos folclóricos, armado con tambores que tienen la resonancia del trueno antiguo, prepárate para recorrer este camino separa el ajetreo moderno de Caribe Plaza del silencio pétreo de Zapatos Viejos.
Parece un recorrido corto en metros, pero interminable en la memoria.
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Noche de Velas en Cartagena de Indias Foto:archivo privado
La devoción a la «Morenita» no es poca cosa en estas tierras donde hace un calor terrible. Esto es lo que dice la leyenda, o quizás la fe, que es la forma más elevada de literatura. La virgen vino a desplazar al mítico «Buso», la deidad que los antiguos adoraban en la cima del cerro.
Desde entonces, cada 2 de febrero y en vísperas del evento, Cartagena sube a la montaña para cumplir encargos y pedir milagros imposibles.
Pero hoy la Virgen desciende al llano. Lo precedieron músicos de la época colonial, cuyas armonías nos remontan a los tiempos en que el honor se medía por la altura de los lanceros y la gracia por el movimiento de las faldas. El alcalde Dumek Turbay, consciente de que gobierna una ciudad que es ante todo un estado de espíritu, declaró: «Que se enciendan todas las velas por nuestra cultura». Y en Cartagena una vela encendida es un contrato con el pasado.
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A su paso por el sector Pie de la Popa, nombres que resuenan como un encantamiento -Son Kalamary, Calenda Getsemaní, Mulatas al Viento- romperán el silencio con el sonido de guacharna y voces vocativas.
Ver a los zancudos desafiando la gravedad bajo el peso de sus disfraces y a los Grandes Lanceros de 2026 protegiendo su identidad es comprender que aquí el tiempo no fluye, sino que gira sobre sí mismo como una danza de garabatos.
La directora del IPCC, Lucy Espinosa, lo dijo con la precisión de un adivino: la música es el motor que impulsa el brillo de una ciudad. Y el destino final de esta locomotora está lleno de simbolismo: la Fiesta del Frito. Allí, junto al Monumento a los Zapatos Viejos, donde Luis Carlos López inmortalizó su amor por su ciudad, la procesión se mezclará con el humo de los calderos donde la arepa de huevo y la carimañola toman su lugar entre los santos de la gula.
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Un legado que nunca se desvanece
Candle Night es esencialmente la transmisión de un secreto. Lo saben los Lanceros de los Niños, que caminan con la solemnidad de los adultos, y lo sabe la gente de Pie de la Popa, que ha visto este desfile desde que el mundo era tan nuevo que muchas cosas no tenían nombre.
Este viernes, mientras DATT custodiará el orden de los mortales, la Virgen y sus artistas custodiarán el orden de los sueños. Distrito invita a propios y extraños a caminar, llevando luz propia. Porque en esta Cartagena bulliciosa, cuando enciendes una vela, no sólo se ilumina la calle; La esperanza de una nación que se niega a olvidar quién es y de dónde viene brilla más, incluso cuando la noche parece más oscura.
Finalmente, cuando se apaguen los últimos rescoldos del Festival del Frito y el eco de los Tambores Afro se pierda en la brisa del mar, un rastro de cera quedará en la acera como una inscripción sagrada que nos recordará que, al menos por una noche, Cartagena fue la capital de la luz.
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Documental de la periodista Jineth Bedoya. Foto:
cartagena