En el año 2000, la comuna de Chinulito, zona rural de la comuna de Colosó (Sucre), en el centro Montes de María Se convirtió en un pueblo fantasma. Sus casas fueron quemadas y un comando paramilitar de unas 70 personas asesinó a un nutrido grupo de residentes.
todos estaban alli campesinosagricultores que hacían surcos en la tierra con la punta de hacha, machete y azadón para “dar a luz” los productos agrícolas y así sobrevivir con sus familias.
Residentes de esta comuna Fueron identificados como partisanos.o al menos los auxiliares de los frentes 35 y 37 FARClo que supuso el fin del grupo paramilitar Montes de María.
Los dos grupos al margen de la ley se enfrentaron varias veces en esta zona de Sucre, dejando a la mitad de la comunidad obrera sobreviviendo en medio del conflicto y, en última instancia, siendo la más afectada.
La maleza se tragó la ciudad y la convirtió en un fantasma. Foto:Cortesía de Gissele Cuevas Sayas.
Asesinar a campesinos que viven en aldeas. El Cerro, Ceibita, La Arenita y El Parejo Este fue el colmo que provocó que sus habitantes abandonaran por completo Chinulito.
Los guerrilleros también causaron pérdidas selectivas de vidas al ingresar a las fincas para robar lo que tenían sus dueños, y muchos de sus las mujeres fueron abusadas sexualmente.
ciudad fantasma
Ciudad Estuvo completamente abandonado durante 19 años.. Sus casas desaparecieron entre los arbustos, sólo quedaron pedazos de bloques de cemento. Sus calles dejaron de existir, la montaña lo cubrió todo.
Desde 2019, varias familias han perdido el miedo y, a pesar del miedo a la ropa, han decidido regresar a la antigua tierra donde habían puesto sus esperanzas.
El trabajo fue arduo, pero poco a poco dio sus frutos, y con el regreso de 182 familias, la ciudad que un día se había convertido en «fantasma» comenzó a volver a la vida.
También regresó la Policía Nacional, la iglesia volvió a sonar sus campanillas, los aguacates florecen en los campos, al igual que la mandioca, el ñame y otros productos.
Los niños también regresaron a clases, aunque las condiciones de seguridad para los menores no fueron las mejores en la sede del Instituto.
Es entonces que el Gobierno Nacional, a través de los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial -PDET-, la Agencia de Renovación Territorial -ART- y la Fundación Plan, deciden acompañar a esta vibrante comunidad de Montes de María en la construcción de la nueva sede de la Institución de Educación Técnica Agropecuaria -IETA-.
Lavé ropa y vendí frituras en Odlejo
Cuando comenzó el proyecto de construir una nueva institución educativa para Chinulito, los primeros trabajadores en los que pensaron fueron las mujeres, muchas de las cuales habían sido desplazadas hace 25 años y se convirtieron en víctimas de la violencia.
Rosa Tulia Durán cambió los elementos de cultivo, utilizando pala, arena y cemento. Foto:Cortesía de Gissele Cuevas Sayas.
Ya no sería una institución educativa, sino una mega escuela para mil doscientos alumnos Chinulito y sus pueblos, así como otros estudiantes de pueblos cercanos pertenecientes a la comuna San Onofre y Toluviejocomo parte de un proceso de compensación colectiva.
Rosa Tulia Durán Jaraba Ella es una de las 21 mujeres contratadas para trabajar como asistentes de albañilería. Otros ingresarían como oficiales y agentes en puestos históricamente designados para hombres, algo que nunca habían hecho.
Tiene 46 años, 20 de los cuales se mantuvo alejada de Chinulito luego de reunir lo que tenía, especialmente sus tres hijos, y protegerse de la posibilidad de morir a manos de grupos ilegales que operan en la región.
Su marido desapareció en esos momentos de tragedia, en el llamado camino de la muerte aquel año 2000 y ella aún no sabía de su existencia. Su cuerpo no fue encontrado y las entidades encargadas de la búsqueda de personas desaparecidas no lograron identificarlo entre los restos óseos encontrados en las instalaciones del Instituto.
“Huí a Fromlejo y allí comencé una vida de mucho sacrificio. Lavé la ropa de otras personas Trabajaba en las casas donde me empleaban y vendía frituras, todo para mantener a mis hijos”, relata.
En Chinulito se sacrificó vender en la carretera Troncal del Caribe los productos que ella y su marido cultivaban, y con ello tenían que mantenerse.
«Cuando regresé a la ciudad con mis hijos, ya había familias viviendo en Chinulito que habían despejado la montaña que la rodea. Muchas veces caminaba hacia San Onofre y lo único que podía ver donde estaba la ciudad era la montaña», dice.
Empezó a trabajar en una tienda y en ocasiones le pedían que cocinara en algunos de los restaurantes que se abrían en la región. Tenía miedo de volver a salir al campo a labrar la tierra, hasta que un día empezó a hacer el trabajo al que estaba acostumbrada.
Sin embargo, su vida cambió luego de ser contratada como una de las mujeres que trabajarían como peones en la construcción de la megaescuela.
Palas, arena, cemento y bloques.
Rosa Tulia Durán Jaraba, partiendo de cultivar en los campos de Chinulito, pelar papas, ñames y yuca, además de «recoger» buena leña para el horno, decidió postularse para el puesto de ayudante de construcción en la escuela que soñaban los niños de la región.
Rosa Tulia Durán Jaraba trabaja como asistente de construcción. Foto:Cortesía de Gissele Cuevas Sayas.
No lo pensó dos veces, sabía que sería un trabajo arduo al que no estaba acostumbrada, pero algo dentro de ella le decía que debía participar en esta labor que sirve al desarrollo de su población.
“Quiero que mis nietos estudien aquí y vean que las mujeres, además de contribuir a la construcción de su escuela, pueden lograr progreso y trabajar por el futuro de nuestro territorio”, afirma.
En lugar de una azada, tomó una pala para mezclar arena y cemento y comenzar a construir el sueño de sus hijos, incluidas sus nietas, que son el amor más grande que les han dado sus hijos.
“No he dormido desde las cuatro de la mañana.Me ocupo de la casa, incluido el desayuno de mi actual pareja, y me preparo para llegar a la obra. Me dan herramientas y empezamos a trabajar hasta las cuatro de la tarde», cuenta.
Profesionales seleccionados capacitaron a personas seleccionadas, y a partir de ese momento las tareas del hogar se convirtieron en albañilería durante la mayor parte del día, porque no podían olvidar que ellas también eran mujeres y responsables de su hogar.
“Saco fuerzas de donde no las tengo, los primeros días fueron muy duros, me duele todo el cuerpo, me duelen las manos, quería dejar el nuevo trabajo que había elegido, pero decidí seguir adelante, pensando en el bien de los niños que vendrán a estudiar a este lugar”, dice.
Al mismo tiempo, sabe que gana mucho dinero con su trabajo y se mantiene firme todos los días, ahora como obrera de la construcción.
“Mi cuerpo ya se ha adaptadoya no duele como los primeros días, Es muy lindo poder administrar mi propio capital, poder mantener a mi familia, para que mis nietos no sufran y tengan suficiente dinero para la educación.
“No quiero que tengan que pasar por lo mismo que nos pasó a nosotros, la gente de Chinulito, en el pasado. Trabajamos por el futuro de nuestros hijos, para que aprendan y puedan salir adelante con la idea de que luego puedan hacer algo mejor para la ciudad en la que viven”, afirma.
Construyendo tus sueños
Su actual pareja también es ayudante de construcción y junto a él comenzaron a construir el sueño de su vida, tener su propia casa que fortaleciera su hogar.
“Conseguimos mucho y gracias a lo que aprendimos aquí empezamos a construir nuestra casa, nuestra propia casa. Es muy bonito, me siento realizada, porque creo que valió la pena volver a esta tierra y ayudar en su desarrollo”, afirma.
La maleza se tragó la ciudad y la convirtió en un fantasma. Foto:Cortesía de Gissele Cuevas Sayas.
Cómo Rosa Tulia Durán Jaraba, veinte mujeres más se levantan cada día para construir el sueño de sus hijos y nietos en esta ciudad desaparecida de los Montes de María.
son mujeres afectado por la violenciamuchas madres, cabezas de familia que vivieron la tragedia, que vieron desaparecer a sus seres queridos, y que hoy aportan un granito de arena al desarrollo de la región.
“Esta iniciativa no sólo aumenta el acceso a la educación rural, sino que también promueve la creación de empleo, la dinamización de la economía local y la inclusión al mercado laboral con especial énfasis en género”, afirma Raúl Delgado, director de la Agencia de Renovación Territorial -ART-.
Rosa Tulia invita a más mujeres chinulitos a involucrarse en el desarrollo de su ciudad. Saben que el dolor pasa con el tiempo, que las cicatrices sanan y que el futuro les espera con los brazos abiertos.
«Hoy ya no tenemos miedo, vivimos en paz, podemos salir a los campos de nuestra jurisdicción sin miedo a encontrarnos con un grupo armado que destruya nuestras esperanzas. Chinulito renace, debemos proteger a nuestros hijos y nietos. Creo que eso lo estamos haciendo y sabemos que vendrán cosas mejores», afirmó.
Las otras mujeres forman parte de la reconstrucción de Chinulito como profesionales Roxana Ozuna Banquete, trabajadora social, nacida en Macaján y residente en El Cañitoen la zona rural de Toluviejo, que vela por el bienestar de la mujer trabajadora.
Este es otro tipo de mujer nacida en la región que conoce el problema del conflicto y lo apoya. El trabajo social y la experiencia profesional han logrado guiar a quienes participan en el renacimiento de la ciudad.
Chinulito se levanta mientras lo hace ave fénix, Sus mujeres son parte de esta transformación y ese pueblo lleno de dolor, que un día lloraron a sus seres queridos masacrados por fuerzas paramilitares, hoy se elevan alto en busca de su avance.
Francisco Javier Barrios especial para EL TIEMPO [email protected] WX: @barrios_ye2216