


Centro histórico de Cartagena, Este laberinto de piedra donde el mundo se funde entre el abrazo de las cámaras y la brisa del mar, fue escenario de una regresión medieval el pasado domingo.
Lo que comenzó como una demanda ciudadana de seguridad para los peatones ha terminado en una «cacería». Fue grabado en vídeo y puso a prueba la tolerancia de la ciudad y la eficacia del sistema judicial.
La víctima es Jonathan Ortiz Arroyo, un joven artesano venezolano que sobrevivió ofreciendo sus habilidades manuales bajo los balcones republicanos.
Sus atacantes no eran delincuentes comunes, sino: una familia de turistas nacionales que, montados en el orgullo de sus patinetas eléctricas, Descubrieron que respetar la vida del «otro» era un obstáculo en su camino.
Con denuncia en mano ante la Fiscalía General de la República, este joven contó a EL TIEMPO los terroríficos hechos que vivió.
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Desencadenante: una exigencia de precaución
Eran las 8:30 de la noche. Las calles cercanas a la Universidad de Cartagena se llenaron de transeúntes mientras un grupo de jóvenes en patinetas llegaba a gran velocidad.
Uno de ellos rozó peligrosamente a Jonathan. Un artesano en un gesto instintivo de cuidado personal Pidió precaución: «Ten cuidado, puedes lastimar a alguien», dice la víctima.
Esta frase, cargada de sentido común, Este fue el cambio que desató una violencia desproporcionada.
La respuesta no fue una disculpa, pero ataque de manada.
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Crónica de un linchamiento familiar
La historia contenida en la denuncia presentada ante la Fiscalía General y recogida en vídeos de otros transeúntes muestra que La agresión escaló en tres momentos de horror:
Primero, Una mujer que acompañaba a un joven en patineta arremetió contra Jonathangolpeándolo repetidamente en la cara y colmándolo de insultos.
Entonces, El segundo hombre se sumó al acoso, empujándolo y bloqueándole el paso. para impedirle refugiarse o escapar.
Luego estalló la brutalidad cuando un hombre mayor, identificado como el padre de los jóvenes, se unió a la pelea. Juntos Lo arrojaron al suelo donde le propinaron una serie de patadas que destrozaron su ropa y le provocaron numerosas heridas.
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Humillación pública:
Un “paseo” de la vergüenza
Lo más inquietante de este caso, que provocó la mayor condena entre los activistas de derechos humanos en Cartagena, ocurrió después de la golpiza.
Agresores en un acto de justicia vigilante distorsionada por Clasismo o xenofobia, llevaron a Jonathan por las calles del Centro Histórico como si fuera un trofeo.
Lo mostraron a otros turistas como un criminal atrapado en flagrante delito, invirtiendo los roles de víctimas y perpetradores ante los ojos atónitos de los testigos.
Cuando llegó la policía, el daño físico y moral ya estaba hecho.
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Justicia endeudada
Jonathan ya formalizó su denuncia. Este caso nos obliga a reabrir dos debates urgentes al interior de La Heroica:
falta de regulaciones estrictas para vehículos personales (scooters) en áreas saturadas de peatones y la alarmante vulnerabilidad de las poblaciones migrantes que trabajan en espacios públicos.
Nadie tiene rastros de la familia de los agresores, pero la víctima exige justicia.
“Me pegaron porque les pedí que no me atropellaran”, concluyó Jonathan, quien Hoy tiene miedo de volver a las calles donde alguna vez ganó dinero.
Además, te invitamos a ver nuestro documental:
Documental de la periodista Jineth Bedoya. Foto:
cartagena