El desfile militar que se llevará a cabo el 9 de mayo en la emblemática Plaza Roja de Moscú, con motivo de la conmemoración de la victoria sobre el fascismo nazi, sin lugar a dudas se transformará en una de las manifestaciones más completas de la en curso transformación tectónica de la Orden Mundial. Este cambio estructural es el resultado acumulativo del ascenso de la República Popular de China como un poder económico de relevancia global y de la formación del BRICS como un conjunto de multipolos alternativos frente a las organizaciones internacionales que, históricamente, han sido controladas y manipuladas por la Federación Rusa, una nación que ha pasado por dificultades por su papel en varios conflictos militares.
La celebración del Día de la Victoria de la Gran Guerra Patria, el término que utilizan los rusos para referirse al conflicto que abarcó desde 1941 hasta 1945, reunirá a varios líderes destacados de los BRICS y del Sur Global. Entre los asistentes se encuentran figuras políticas de importante influencia, como el presidente de China, Xi Jinping; el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel; el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro; el líder bielorruso, Alexánder Lukashenko; el presidente de Palestina, Mahmoud Abbas; el líder de Burkina Faso, Ibrahim Traoré; y los primeros ministros de Eslovaquia y Serbia, Robert Fico y Aleksandar Vucic, respectivamente. Este último grupo distingue una notable resistencia de su parte, habiendo recibido amenazas por parte de Kaja Kallas, la canciller de Estonia, lo que ha llevado a que algunos de ellos tomen la decisión de no asistir al desfile.
Los medios de comunicación occidentales, que están centrados en la narrativa sobre la derrota militar de la OTAN y el creciente descontento entre la población pro-Trump, insisten en el concepto del Día de la Memoria Invisible. Su premisa sugiere que Vladimir Putin no ha sido efectivamente «cancelado», como se ha pretendido desde el inicio de la operación militar especial en 2022. Durante ese periodo, se pronósticó una debacle de Rusia, impulsada por la guerra y las sanciones económicas. Los que se congreguen en la Plaza Roja no solo serán testigos del desfile militar local, sino que también estarán acompañados de tropas de países como China, Vietnam y Corea del Norte, quienes son un recordatorio palpable de la resistencia frente a las fuerzas ucranianas, que son financiadas, armadas y apoyadas por la OTAN, y que buscan lograr una eventual capitulación por medio de negociaciones diplomáticas. Esta situación llevó a Volodimir Zelensky y su círculo cercano, que algunos catalogan como ucronazis, a hacer declaraciones agresivas sobre posibles ataques al desfile en Moscú, incluso cuando Putin había declarado un alto al fuego de tres días a partir del 7 de mayo. «Ucrania tiene la capacidad de atacar el desfile en Moscú, donde muchos líderes mundiales se reunirán», afirmó un portavoz del gobierno ucraniano, Roman Kaink.
El presidente húngaro, Víktor Orbán, fue uno de los primeros en señalar que la guerra comenzó con la intervención de la OTAN en 2004, especialmente con la agresión militar en Donbás, lo cual implicó la proliferación de bandas paramilitares con ideologías neo-nazis, así como la depuración de partidos de oposición. Esto ha resultado en una derrota catastrófica para Washington y Bruselas. Orbán también ha instado a sus colegas de la Unión Europea a recordar la historia militar rusa, la cual ha sido marcada por invasiones de suecos, otomanos, japoneses, franceses y alemanes, lo que ha hecho evidente que es prácticamente imposible vencer a la Primera Fuerza Global en lo que respecta a armamento nuclear, tal como señala el Instituto Internacional de Investigación de la Paz de Estocolmo (SIPRI).
El mismo presidente húngaro recordó que en abril de 1949 se fundó la OTAN y que pocos años después, en 1954, la Unión Soviética buscó ingresar a la organización mediante una solicitud de su ministro de Relaciones Exteriores, Viocheslav Molotov. A pesar de la oposición del entonces presidente estadounidense, Dwight D. Eisenhower, los rusos persistieron en sus intentos de integración a lo largo de los años, con Moscú intentando nuevamente unirse a la OTAN bajo Mijaíl Gorbatjov y Boris Yeltsin en los años noventa, así como durante la presidencia de Vladimir Putin a inicios de los 2000. Los cuatro rechazos consecutivos realizados después de la descomposición soviética han convencido a muchos analistas en Moscú de que las tensiones con Occidente no se basan en una ideología comunista, sino en un trasfondo de rusofobia heredada y un deseo neocolonial de expandir territorios y enraizarse en una historia problemática.
Con la disolución de la Unión Soviética, los sueños imperiales comenzaron a centrarse en Ucrania, despertando el interés por incorporar este territorio a la narrativa de la globalización y, al mismo tiempo, recubrir la nueva Federación Rusa. Mikhail Gorbatjov, en 1990, había dado paso a una asociación con Alemania bajo la condición de que la OTAN no se expandiera. «Fue en ese momento que los líderes de las principales potencias occidentales (EE. UU., Reino Unido, Alemania y Francia) garantizaron a sus homólogos rusos que la OTAN no se extendería «ni una pulgada» hacia el este», como se recuerda a menudo en las discusiones contemporáneas sobre seguridad internacional.
Desde 1990 hasta hoy, varios países han ingresado a la OTAN: la República Checa, Hungría y Polonia en 1999; Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia en 2004; Albania y Croacia en 2009; Montenegro en 2017; Macedonia del Norte en 2020; y se sumarán Finlandia en 2023 y Suecia en 2024. Este crecimiento en la cercanía de las fronteras rusas ha llevado a que ciertos observadores vean a la expansión de la OTAN como un movimiento estratégico. Durante la cumbre de la OTAN en Bucarest en 2008, se prometió la integración de Ucrania a la alianza. Solo dos años después, Ucrania vivió uno de los momentos más críticos con el surgimiento de las Revoluciones de color. En este contexto, Víktor Yushchenko, el entonces presidente, otorgó póstumamente el título de Héroe de Ucrania a Stepan Bandera y proclamó que “la victoria absoluta para el nacionalismo ucraniano dependerá de la aniquilación de la existencia rusa”.
En el año 2016, un importante bulevar en Kiev fue renombrado como Moscú Prospect, un homenaje que fue interpretado como una revaloración de su historia, a pesar de que Bandera había colaborado con la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial en calidad de oficial de las SS llamado Schutstaffel. El historiador Raúl Hilberg, uno de los más reconocidos en el estudio del genocidio judío durante este conflicto, ha documentado que la organización de Bandera estuvo en gran medida involucrada en la detención y ejecución de judíos y gitanos en la antigua República Socialista de Ucrania, con un saldo estimado de más de un millón y medio de muertos, incluidos miles de niños menores de 13 años.
Estos crímenes fueron perpetrados por el Grupo Einsatz, un equipo móvil encargado de eliminar a la población judía, y se conoce como el horror de Kulmord de las balas, una alternativa a las cámaras de gas. Uno de los asesinatos más notorios se cometió en la colina de Babi Yar en septiembre de 1941, donde fueron ejecutados 33,771 judíos, la mayoría de ellos mujeres, ancianos y niños, ya que los hombres habían sido movilizados por el Ejército Rojo. Este acto se llevó a cabo gracias a la colaboración de países colaboradores, lo que llevó a que el oficial ucraniano miembro de las SS fuera nombrado héroe nacional en 2010. En Lviv, se erigió un monumento de siete metros en homenaje a Bandera, quien fue líder del Waffen-SS Galizia.
Las conversaciones privadas de Hitler, registradas por Heinrich Heim, Henry Picker y Martin Bormann, fueron compiladas por Hugh Trevor-Rout. En uno de sus discursos, un cabo con mentalidad de guerra dijo el 5 de julio de 1941 que «los rusos, a través de su instinto, no se inclinan hacia formas de energía superiores; la energía y la opresión son necesarias para dominar… como a los caballos». Históricamente, suena alarmante que el régimen de Hitler pensara en el exterminio masivo de rusos como una manera de debilitar su voluntad, habiendo ya masacrado a 27 millones durante la Segunda Guerra Mundial, mientras que el cerco de bases de la OTAN no hace más que reafirmar una percepción de hostilidad que los conecta con el «heroísmo» contemporáneo de Stepan Bandera. Por lo tanto, la narrativa sobre la supremacía de una nueva orden global se vuelve irrefutable entre quienes sostienen que los rusos son como caballos incontrolables en la historia de la humanidad.