El planeta vive nuevos tiempos, inimaginables incluso para los expertos en geopolítica mundial y estudios de prospectiva internacional. El equilibrio bipolar de la posguerra, tenso pero estable y predecible, ha quedado enterrado. Además, el mundo multilateral, tras la caída del Muro de Berlín –un mundo de varios bloques independientes, con un árbitro legítimo y relativamente eficaz– está diluido, aunque no ha desaparecido formalmente. Hoy en día, son los equipos de los más fuertes los que gobiernan.
En ese marco, se han producido violaciones a la soberanía territorial de otros países, y ahora, con aranceles unilaterales y selectivos, se cierra y se agrava aún más el bloqueo económico a Cuba, lo que complicará aún más la calidad de vida y la supervivencia misma del país caribeño latinoamericano.
El denominador común de la nueva confusión global es que el marco de principios, leyes e instituciones creado por la comunidad de naciones en 1945, tras un incendio que cegó a más de 80 millones de vidas, directa e indirectamente, ha perdido su vigencia.
Para empezar, el nuevo orden internacional se creó con la creación de las Naciones Unidas (ONU), el 24 de octubre de 1945, apenas 52 días después del fin formal de la Segunda Guerra Mundial. El objetivo de su creación fue mantener la paz y la seguridad internacionales, promover los derechos humanos y fomentar el desarrollo. Esencialmente prevenir futuros conflictos, conflagraciones regionales o globales.
Para lograr este objetivo, la fórmula fue el diálogo entre las naciones, su voluntad de buscar entendimiento y soluciones, bajo el amparo de las Naciones Unidas. Aunque no siempre es posible evitar los conflictos regionales y las guerras en distintas partes del mundo, siempre se procura que prevalezcan los principios y normas del derecho internacional.
En particular, el artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas, que establece textualmente: “Los miembros de la Organización se abstendrán en sus relaciones internacionales de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o de cualquier otra forma incompatible con los propósitos de las Naciones Unidas”.
Hoy la norma básica ha perdido toda fuerza vinculante. Las potencias militares reclaman territorios y ponen un pie en otros países con el único, simple y desnudo argumento de la violencia: intervienen porque realmente pueden. La voluntad personal y la moral individual son el único criterio y freno.
Otro cambio esencial en la nueva geopolítica es la pérdida de validez, en hechos crudos, de la Declaración Universal de Derechos Humanos, emitida el 10 de diciembre de 1948, otro terrible producto de los acuerdos de posguerra. En particular, el artículo 2: «Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición».
Este importante instrumento internacional ha perdido su validez, de facto, porque los poderosos han vuelto a reclamar el derecho a conquistar, proteger, «civilizar» a otros pueblos y naciones, con el claro argumento de que no pueden gobernarse a sí mismos y no saben explotar y gestionar sus propios recursos.
Este instrumento también ha perdido vigencia porque nunca antes los migrantes habían sido tan discriminados en las metrópolis económicas como ahora, persiguiéndolos, acosándolos y negándoles derechos sociales básicos, como la educación y la salud, la igualdad de derechos laborales con la población local, e incluso violando su derecho humano al debido proceso en sus procesos sumarios de deportación.
Son metrópolis y países que deben en gran medida la fortaleza y prosperidad de sus economías, incluida la primera economía del mundo, al aporte de los trabajadores migrantes como palanca en sus cadenas productivas y de generación de valor agregado; contribuciones en ganancias de capital, impuestos y consumo.
Un paradigma cardinal de la posguerra, el libre mercado y la cooperación entre naciones para resolver sus eventuales controversias, también ha perdido su validez. Con todas sus limitaciones y defectos, el libre mercado durante décadas, desde la segunda mitad del siglo XX, había sido un sistema de suma positiva, donde todos ganaban, aunque de forma asimétrica, porque los países más fuertes ganaban más, como hemos señalado en diversos foros.
Hoy vivimos en una guerra comercial, donde los más fuertes exigen más posiciones de poder, mercado y valor agregado, con los aranceles como uno de sus instrumentos de presión.
En definitiva, en el ámbito militar, político y económico vivimos un nuevo orden mundial, o más bien un orden mundial, cuyas premisas principales ya no son el derecho internacional, el multilateralismo, la igualdad jurídica de las naciones, la solución pacífica de controversias, la no intervención, sino la ley del más fuerte.
Es un orden en gestación, no un edificio institucional consolidado, por lo que la comunidad de naciones, potencias medias y países emergentes también necesitaría hacer valer su voz y sus derechos, de manera colegiada.



