La dinámica actual de los mercados energéticos muestra paralelos con las crisis de la década de 1970, un período que una generación activa de tomadores de decisiones no fue testigo directo. Durante esa década, la reestructuración de la geopolítica en Medio Oriente provocó drásticas fluctuaciones en los precios del petróleo crudo que afectaron estructuralmente a varias naciones. En este contexto, México basó su planificación económica en los excedentes calculados tras el descubrimiento del yacimiento de Cantarell. Sin embargo, la dependencia de los ingresos petroleros resultó ser un factor de vulnerabilidad a la volatilidad externa.
En 2026, la situación presenta diferentes variables, pero riesgos persistentes. El precio del petróleo afecta directamente las finanzas públicas mexicanas a través de dos mecanismos: el subsidio a los combustibles y el aumento de los costos de producción en la cadena de valor. La incertidumbre derivada del estado actual del conflicto en Oriente Medio y las posibles perturbaciones en el Estrecho de Ormuz crean una presión sostenida sobre el gasto público, que ya está condicionado por compromisos financieros irreductibles.
El nerviosismo del sistema financiero global se manifiesta en indicadores específicos. El aumento de los precios de los activos de refugio, como el oro y el platino, es una medida de la búsqueda de seguridad de los inversores. Al mismo tiempo, la volatilidad en los mercados de valores ha provocado que actores clave cambien su exposición al riesgo.
Un caso relevante es la estrategia de Berkshire Hathaway. El fondo de inversión dirigido por Warren Buffett ha alcanzado niveles históricos de liquidez. Este comportamiento indica una fase de cautela ante una posible corrección del mercado o una extensión de la inestabilidad. La acumulación de efectivo por parte de los grandes administradores de dinero a menudo precede a períodos de ajuste económico global. Que el símbolo del capital sea ser cauteloso a la hora de acumular liquidez es un buen síntoma de lo que el «dinero» ve venir.
No se equivoquen: 2026 depende de las elecciones de mitad de período en Estados Unidos. La administración de Donald Trump enfrenta este proceso con niveles de aprobación que rondan el 30 por ciento, lo que cambia los incentivos en la toma de decisiones. Tras un primer trimestre centrado en la presión diplomática y económica sobre Venezuela e Irán, la lógica electoral sugiere que la Casa Blanca podría optar por medidas con mayor influencia mediática y geopolítica para incidir en las intenciones de voto de los sectores independientes.
Este escenario implica un período de ocho meses en el que la política exterior estadounidense puede utilizarse como herramienta para la política interna. La falta de una oposición consolidada dentro del actual sistema de controles y contrapesos le da al jefe del poder ejecutivo un gran margen de maniobra, en un entorno marcado por el aumento de los costos de los bienes y servicios básicos. Trump no está en juego por una mayoría en el Congreso, está en juego la viabilidad política de su proyecto, su legado; todo se juega.
La junta internacional concluye con procesos electorales en Hungría, Australia, Colombia y Brasil. Al mismo tiempo, el conflicto en Medio Oriente ha permitido a Israel buscar una modificación de la correlación entre fuerzas regionales que ha permanecido estática durante décadas.
Para México, el medio ambiente significa doble presión. Por un lado la retórica política procedente de Estados Unidos y por el otro las complicaciones logísticas y humanitarias que afectan a la región, incluida la situación en Cuba. Estos factores externos afectan la estabilidad macroeconómica nacional.
Los resultados de este año definirán las perspectivas económicas globales y la estabilidad de las cadenas de suministro globales en el corto y mediano plazo. En definitiva, el cierre de 2026 parece ser el factor decisivo para la continuidad del proyecto político de Donald Trump. Mientras tanto, el mundo, involuntariamente atado a las elecciones intermedias de noviembre, cuenta los meses, los días y las horas para restablecer cierta certidumbre.